- Las puertas
- No hay una sola entrada. Odiseo llega en nave al borde del Océano, al país de los cimerios, envuelto en niebla y nubes, donde el sol nunca brilla. Otras tradiciones señalan cavernas reales: el cabo Ténaro, en el sur del Peloponeso, por donde Heracles sacó a Cerbero, o el lago Averno, cerca de Cumas, por donde baja Eneas. Cada región quiso tener su puerta.
- Érebo
- En la Teogonía nace del Caos junto con la Noche: es la oscuridad misma, antes de ser un lugar. En la Odisea designa la zona sombría de donde suben las almas cuando Odiseo derrama la sangre, y hacia donde se vuelven las cabezas de las víctimas en el rito. Es la franja de paso entre la luz de los vivos y la casa de Hades.
- La pradera de asfódelos
- Es donde vagan la mayoría de las almas en la Odisea: por ella se aleja a grandes pasos la sombra de Aquiles y a ella llegan los pretendientes guiados por Hermes. El asfódelo es una planta real del Mediterráneo, de flores pálidas sobre tallos altos. No es lugar de castigo ni de premio, sino de una existencia sin fuerza, la que hace decir a Aquiles que preferiría ser jornalero entre los vivos.
- Elíseo
- En la Odisea no está bajo tierra: Proteo le anuncia a Menelao que no morirá, sino que será llevado a la llanura Elisia, en los confines del mundo, donde vive Radamantis y no hay nieve ni tormentas, solo la brisa del Céfiro. Hesíodo y Píndaro hablan de las Islas de los Bienaventurados. Virgilio es quien lo instala dentro del inframundo, como morada luminosa de los justos.
- Tártaro
- Hesíodo lo mide con una imagen: un yunque de bronce tardaría nueve días y nueve noches en caer del cielo a la tierra, y otros tantos de la tierra al Tártaro. Allí están encerrados los Titanes, tras puertas de bronce que vigilan los Centimanos. Con el tiempo se volvió el lugar de los grandes castigados, como Sísifo, Tántalo o Ticio, a quienes la Odisea ubica simplemente en el Hades.
- El palacio de Hades y Perséfone
- Hesíodo describe las salas resonantes del poderoso Hades y de la temible Perséfone, con un perro terrible que vigila la entrada: a los que llegan los recibe moviendo la cola y las orejas, pero no deja salir a nadie, y devora al que intenta escapar. Es el centro del reino, la casa adonde todos los caminos de los muertos terminan llevando.