Sombras del Hades

Monstruos

Escila y Caribdis: el estrecho donde el mar mira hacia el Érebo

Seis cabezas en la roca alta, una boca en el agua

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Pintura brumosa en violetas y grises: una pequeña nave griega pasa entre un acantilado envuelto en nubes, donde asoman las seis cabezas de Escila, y el remolino oscuro de Caribdis, bajo una higuera torcida.

Odiseo no les dice nada a sus hombres. Circe le explicó con precisión lo que había entre las dos rocas, pero él calla el nombre de Escila por miedo a que los remeros, aterrados, suelten los remos y se escondan en la bodega. Se pone la armadura, contra el consejo de la diosa, toma dos lanzas largas y se para en la proa, esperando ver aparecer al monstruo. No ve nada. Los ojos se le cansan, cuenta él mismo en el canto 12 de la Odisea, de tanto escrutar por todas partes la roca brumosa. Mientras tanto, del otro lado, el mar empieza a hervir.

Dos rocas y una cueva vuelta hacia el Érebo

La descripción de Circe es de las más precisas del poema. Una de las rocas sube hasta el ancho cielo con una cumbre afilada; una nube oscura la envuelve y nunca se retira, ni en verano ni en otoño, y ningún mortal podría escalarla aunque tuviera veinte manos y veinte pies, porque es lisa como piedra pulida. En el medio se abre una cueva:

En medio del peñasco hay una cueva brumosa, vuelta hacia el poniente, hacia el Érebo; por ahí, ilustre Odiseo, tendrán que llevar la nave cóncava. Ni un hombre en la flor de la edad, disparando una flecha desde el barco, llegaría hasta el fondo de esa caverna.

Homero, Odisea 12.80–84 (versión nuestra)

Ese detalle no es decorativo. El Érebo es la oscuridad primordial que, en la Teogonía de Hesíodo, nace del Caos junto con la Noche, y en la Odisea es la región de donde suben las almas cuando Odiseo las llama. La cueva de Escila mira hacia allí, como si el monstruo fuera un puesto de guardia del mundo de los muertos asomado al mar de los vivos.

Adentro vive ella, con una voz que no corresponde a su tamaño: chilla como un cachorro recién nacido. Tiene doce patas que cuelgan, informes, y seis cuellos larguísimos; en cada uno, una cabeza espantosa con tres hileras de dientes apretados, llenos de negra muerte. Con medio cuerpo hundido en la cueva, saca las cabezas fuera del abismo y pesca delfines, perros de mar y los grandes monstruos que cría Anfitrite. Ninguna nave pasó nunca a su lado sin perder a un hombre por cada cabeza.

La otra roca es más baja, tan cercana que se la alcanzaría de un flechazo. Sobre ella crece una gran higuera silvestre, frondosa. Abajo, la divina Caribdis sorbe el agua negra: tres veces por día la vomita y tres veces la traga, con un ruido terrible. Si la nave está ahí cuando traga, ni siquiera el dios que sacude la tierra podría salvarla.

La cuenta de Circe

Odiseo pregunta lo que preguntaría un guerrero: si no podría esquivar a Caribdis y defenderse de Escila cuando ataque a sus hombres. Circe lo reprende. Escila no es mortal, es un mal inmortal, terrible, salvaje, imposible de combatir; contra ella no hay defensa, y lo mejor es huir. Si se demora armándose junto a la roca, el monstruo volverá a lanzarse con todas sus cabezas y se llevará a otros tantos. Lo único que puede hacer es pasar rápido e invocar a Crateis, la madre que la parió como azote para los mortales, para que la contenga. Mejor, concluye, perder seis compañeros que la nave entera.

Es una de las escenas más frías de la Odisea. No hay hazaña posible, solo una resta. El héroe tiene que aceptar de antemano la muerte de seis hombres, elegir el mal menor y callárselo a quienes van a pagarlo. Desde la penumbra de este sitio, es difícil no ver en Escila una figura del destino que cobra su parte: un peaje, como el óbolo que los muertos le pagan al barquero para cruzar.

Seis gritos y un murciélago

El paso se cuenta en pocos versos. Mientras todos miran a Caribdis, aterrados, el remolino vomita y el mar entero se agita como el agua de un caldero sobre un gran fuego; la espuma salpica la cima de las dos rocas. Cuando traga, se ve el interior revuelto, la roca muge alrededor y en el fondo aparece la tierra, oscura de arena. En ese instante, Escila arrebata a seis hombres, los más fuertes. Odiseo se da vuelta y alcanza a ver sus pies y sus manos en el aire; lo llaman por su nombre por última vez. Como un pescador que desde un promontorio saca un pez con su caña y lo arroja palpitando a la orilla, así se los lleva el monstruo, y en la boca de la cueva los devora mientras ellos gritan y le tienden las manos. Fue, dice Odiseo, lo más lamentable que vieron sus ojos en todo lo que sufrió recorriendo los caminos del mar.

La historia no termina ahí. Después de la isla del Sol, donde los compañeros comen las vacas sagradas, Zeus destruye la nave con un rayo. Odiseo, solo, ata el mástil a la quilla y se deja llevar. Un viento del sur lo empuja de nuevo, durante la noche, hacia Caribdis. Al amanecer llega justo cuando el remolino está tragando; da un salto, se aferra a la higuera y queda colgado como un murciélago, sin poder apoyar los pies ni trepar, porque las ramas están demasiado altas. Espera así, inmóvil, hasta que el agua devuelve los maderos: tardan lo que tarda un juez en levantarse de la asamblea para ir a cenar, después de resolver los pleitos de muchos jóvenes. Entonces se deja caer, rema con las manos y, por voluntad de Zeus, Escila no lo ve.

El murciélago no es una imagen cualquiera. En el último canto de la Odisea, las almas de los pretendientes siguen a Hermes hacia el inframundo chillando como murciélagos en el fondo de una cueva. Colgado de la higuera, sobre la boca que traga el mar, Odiseo ocupa por un momento el lugar de los muertos, y vuelve.

De la doncella al monstruo, del mito al estrecho

Homero no dice nada del pasado de Escila. Ovidio sí, en los libros 13 y 14 de las Metamorfosis: Escila era una muchacha que rechazaba a todos sus pretendientes y les contaba sus desaires a las nereidas. Glauco, un pescador convertido en dios marino, se enamora de ella; rechazado, le pide ayuda a Circe, y la hechicera, que lo quiere para sí, envenena con hierbas la pequeña bahía donde Escila se baña. Cuando la muchacha entra en el agua hasta la cintura, descubre que de su cuerpo brotan perros que ladran. No huye: se queda en el lugar, y cuando pasa la nave de Ulises le arrebata compañeros para vengarse de Circe. Más tarde se convierte en roca.

Apolonio de Rodas cuenta que, cuando los argonautas tuvieron que cruzar esos mismos parajes, Hera le pidió a Tetis que ella y sus hermanas guiaran la nave Argo; frente a las rocas errantes, las nereidas se la pasaban de mano en mano como muchachas que juegan a la pelota en la playa. Virgilio, en el libro 3 de la Eneida, hace que el adivino Héleno le aconseje a Eneas dar el largo rodeo alrededor de Sicilia antes que ver a Escila en su caverna.

La geografía antigua no dudó en ponerle coordenadas al mito. Tucídides, al narrar la guerra en Sicilia, menciona el estrecho entre Regio y Mesina y recuerda que se trata de la llamada Caribdis, por donde se decía que había pasado Odiseo; explica que las corrientes encontradas de dos mares hacían peligroso el paso. En la costa de Calabria, el pueblo de Scilla todavía lleva el nombre del monstruo, sobre su peñón. Y la Edad Media latina convirtió el episodio en refrán: un hexámetro advierte que cae en Escila quien quiere evitar a Caribdis. Hoy decimos «entre Escila y Caribdis» para hablar de dos males sin salida; la Odisea recuerda que, en el original, uno de los dos tenía la cueva vuelta hacia la noche.

Fuentes

  1. Homero, Odisea 12.73–126; 12.222–259; 12.426–446
  2. Apolonio de Rodas, Argonáuticas libro 4
  3. Virgilio, Eneida libro 3
  4. Ovidio, Metamorfosis libros 13–14
  5. Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso 4.24

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