Divinidades
Circe: la hechicera que conocía el camino hacia los muertos
Hija del Sol, señora de una isla al borde de la noche

Euríloco y veintidós compañeros avanzan por el bosque de la isla de Eea hacia un humo que sube entre los robles. En un claro encuentran una casa de piedra pulida y, alrededor, lobos de monte y leones que no atacan: se les acercan moviendo la cola, como perros que reciben a su amo cuando vuelve de un banquete. Desde adentro llega una voz de mujer que canta mientras teje en un gran telar una tela fina y brillante, como las que tejen las diosas. Polites, el más querido de los compañeros de Odiseo, propone llamarla. Solo Euríloco se queda afuera, temiendo una trampa. Los demás entran y beben lo que ella les sirve: queso, harina de cebada y miel mezclados con vino de Pramno, y además unas drogas funestas. Cuando la diosa los toca con su vara, tienen cabeza, voz, cerdas y cuerpo de cerdo. Pero la mente, aclara Homero, les queda intacta. Encerrados en la pocilga, lloran.
Una diosa terrible con voz humana
La Odisea presenta a Circe con una fórmula inquietante: «diosa terrible de voz humana». Es hija de Helios, el Sol, y de Perse, hija del Océano, y hermana de Eetes, el rey de la Cólquide que custodia el vellocino de oro; por esa línea es tía de Medea. La magia corre en una familia de luz excesiva.
Su isla es un lugar desorientado. Cuando la nave llega, Odiseo les confiesa a sus hombres que ya no saben dónde queda la tiniebla ni dónde la aurora, ni por dónde el sol se hunde bajo la tierra ni por dónde sale. Más adelante el poema dice que en Eea están la morada y los coros de la Aurora y el sitio por donde nace el Sol, aunque todo el viaje parece transcurrir hacia el oeste. Es una isla en el borde, donde los puntos cardinales dejan de servir: justo el tipo de lugar desde el que se puede zarpar hacia los muertos.
La raíz negra y la flor de leche
Euríloco vuelve corriendo a la nave, sin poder hablar del espanto. Odiseo sale solo hacia la casa, y en el camino le sale al encuentro Hermes, con la apariencia de un muchacho al que apenas le asoma la barba. Le entrega una hierba que los dioses llaman moly: de raíz negra y flor blanca como la leche, difícil de arrancar para los mortales, aunque los dioses lo pueden todo. Con ella, el brebaje no le hará efecto. Hermes le da además instrucciones precisas: cuando Circe lo toque con la vara, debe desenvainar la espada y lanzarse sobre ella como para matarla; ella, asustada, lo invitará a su lecho, y él no debe negarse, pero antes tiene que hacerla jurar por el gran juramento de los dioses que no tramará contra él ningún otro daño, para que no lo deje, una vez desnudo, débil y sin hombría.
Todo ocurre así. Al ver que el filtro no lo transforma, Circe entiende quién es: Hermes le había anunciado hacía tiempo que llegaría Odiseo, el de muchos recursos, en su nave negra. Jura, y después devuelve la forma humana a los compañeros, que salen de la pocilga más jóvenes, más altos y más hermosos que antes. Lo que sigue no es una batalla, sino un año entero de banquetes. Son los compañeros quienes, al cabo de ese año, le recuerdan a Odiseo su patria.
Instrucciones para bajar a la casa de Hades
Cuando Odiseo le pide a Circe que cumpla su promesa de dejarlo partir, ella acepta, pero le revela que el camino a Ítaca pasa primero por abajo:
Pero antes tienen que cumplir otro viaje y llegar a la casa de Hades y de la temible Perséfone, para consultar el alma del tebano Tiresias, el adivino ciego, que conserva entero el entendimiento. A él solo, aun muerto, Perséfone le concedió la razón; los demás revolotean como sombras.
Homero, Odisea 10.490–495 (versión nuestra)
Odiseo llora, se revuelca en la cama, no quiere seguir viviendo ni ver la luz del sol. Cuando se calma, hace la pregunta práctica: ¿quién los va a guiar, si nadie llegó nunca al Hades en una nave negra? Circe no necesita guía. Les dice que levanten el mástil y desplieguen las velas blancas: el viento del norte los llevará. Al cruzar el Océano encontrarán una costa baja y los bosques de Perséfone, con álamos altos y sauces que pierden el fruto. Allí, donde el Piriflegetonte y el Cocito —un brazo de la Estigia— desembocan en el Aqueronte, junto a una roca donde confluyen dos ríos resonantes, Odiseo tendrá que cavar un hoyo de un codo por lado, verter leche con miel, después vino dulce y después agua, esparcir harina blanca y degollar un carnero y una oveja negra, con las cabezas vueltas hacia el Érebo, mientras él mismo mira hacia la corriente. Las almas acudirán a la sangre, y con la espada tendrá que impedirles beber hasta que hable Tiresias. Pocas veces la épica se detiene tanto en un rito, y lo pone en boca de Circe. Esos ríos los recorrimos uno por uno en el Mapa del Inframundo.
Hay una sombra más en esta parte de la historia. La mañana de la partida, el joven Elpénor, que había dormido borracho en el techo del palacio buscando el fresco, se despierta con el ruido, se olvida de bajar por la escalera y cae de cabeza: se rompe el cuello, y su alma baja al Hades. Cuando Odiseo llega a la orilla de los muertos, Elpénor es el primero en salirle al encuentro, y Odiseo, asombrado, le dice que llegó más rápido a pie que él en su nave negra. Le pide sepultura, y al volver a Eea lo entierran con su remo. Circe recibe entonces a los viajeros y les anticipa el resto del camino: las sirenas, las rocas errantes, el paso entre Escila y Caribdis y la isla de las vacas del Sol.
Después de Homero: otras islas, otros hijos
La tradición siguió agregándole hijos y paisajes. Al final de la Teogonía de Hesíodo, Circe le da a Odiseo dos hijos, Agrio y Latino, que reinan sobre los tirrenos en islas lejanas; un verso que menciona también a Telégono suele considerarse un agregado posterior. Telégono es el protagonista de la Telegonía, un poema perdido del ciclo épico que conocemos por un resumen antiguo: criado por su madre en la isla, viaja a Ítaca a buscar a su padre y lo mata sin reconocerlo. Después lleva el cuerpo a Eea junto con Penélope y Telémaco; Circe los vuelve inmortales, Telégono se casa con Penélope y Telémaco con Circe.
Apolonio de Rodas, en las Argonáuticas, la muestra purificando a Jasón y a Medea del asesinato de Apsirto con la sangre de un lechón, rodeada de bestias que no pertenecen a ninguna especie, hechas de miembros mezclados. Reconoce a Medea como parienta por el brillo dorado de sus ojos, la marca de los descendientes del Sol. Ovidio, en las Metamorfosis, la vuelve celosa y vengativa: enamorada del dios marino Glauco, que a su vez ama a Escila, envenena el agua donde la muchacha se baña y la convierte en monstruo; también transforma al rey Pico en pájaro carpintero por haberla rechazado. Virgilio hace pasar de noche a Eneas frente a su costa, de donde llegan rugidos de leones encadenados y aullidos de lobos. Los romanos ubicaron la isla en el promontorio que todavía se llama monte Circeo, en el Lacio, que rodeado de lagunas pudo parecer una isla vista desde el mar.
Leer a Circe solo como la seductora que retiene al héroe es quedarse con la mitad. En la Odisea es, sobre todo, una figura de umbral: convierte hombres en animales y animales en hombres, y es la única que sabe cómo se cruza de los vivos a los muertos y cómo se vuelve. Su casa en el bosque es la última antesala antes de la niebla.
Fuentes
- Homero, Odisea 10.133–574; 11.51–83; 12.1–150
- Hesíodo, Teogonía 1011–1016
- Apolonio de Rodas, Argonáuticas libro 4
- Virgilio, Eneida libro 7
- Ovidio, Metamorfosis libro 14

