Folclore
Las nereidas del folclore griego: damas del agua a la hora equivocada
De las hijas de Nereo a las señoras que bailan junto a la fuente

En muchos pueblos de Grecia, hasta bien entrado el siglo XX, había horas en que no convenía acercarse a una fuente. A pleno mediodía de verano, cuando el calor aplasta los olivares y solo se oyen las chicharras, o a medianoche, cuando el agua corre sin que nadie la mire, podían aparecer ellas: mujeres de belleza imposible, vestidas de blanco, que bailaban en ronda y cantaban con voces que nadie olvidaba. En griego moderno se las llama neráides, y quien las veía de cerca corría el riesgo de volver a casa cambiado para siempre: mudo, enfermo, ido. Los folkloristas que recorrieron las aldeas a fines del siglo XIX y comienzos del XX recogieron numerosos relatos sobre ellas. Son herederas de las nereidas antiguas, pero habitan un mundo distinto: el de los seres que acechan en los márgenes del pueblo, entre los vivos y lo otro.
De las hijas de Nereo a las damas de todas las aguas
En la Teogonía de Hesíodo, las nereidas son las cincuenta hijas de Nereo, el viejo del mar, y de Doris, hija del Océano. El poeta las enumera una por una, y muchos de sus nombres son paisajes marinos: Galena, la calma; Cimótoe, la que corre con las olas; Glauce, la verdeazulada. Su escena más memorable en Homero es un duelo. En el canto 18 de la Ilíada, cuando Aquiles se entera de la muerte de Patroclo y grita de dolor, su madre Tetis lo oye desde el fondo del mar, y sus hermanas se reúnen a su alrededor en la cueva marina golpeándose el pecho. En el último canto de la Odisea, el alma de Agamenón le recuerda en el Hades al alma de Aquiles que, en su funeral, Tetis salió del mar con las ninfas marinas y su lamento estremeció a los aqueos. Desde el principio, estas hijas del agua están ligadas al llanto por los muertos.
En la Grecia de los siglos posteriores, el nombre sobrevivió, pero las criaturas cambiaron de lugar. Las neráides del folclore no viven solo en el mar: se las situaba en fuentes y pozos, en ríos y cascadas, en cuevas, en barrancos y en las cumbres de los montes, a veces también en las playas. Hay quien piensa que la palabra se acercó, en el oído popular, a neró, el «agua» del griego moderno, y que eso ayudó a que las nereidas pasaran del mar a todas las aguas. No tienen genealogía ni nombres propios, y casi siempre aparecen en grupo.
Mediodía y medianoche
Los relatos coinciden en las horas peligrosas: el mediodía, sobre todo en los días de calor, y la medianoche, cuando el campo queda vacío. Por eso se aconsejaba no dormir la siesta bajo ciertos árboles junto al agua, como los plátanos o los álamos, no pasar a esas horas cerca de las fuentes ni de las eras donde se trilla el grano, y no contestar si alguien llamaba por el nombre en la oscuridad. Las eras, círculos de piedra al aire libre, eran lugares predilectos para sus bailes.
Quien se cruzaba con ellas y las ofendía, o simplemente las miraba bailar, oía su canto o pisaba su lugar, podía quedar neraidoparménos, «tomado por las nereidas»: perdía el habla o la razón, enfermaba, se consumía o quedaba con el cuerpo torcido. Para nombrarlas se evitaba la palabra directa y se usaban eufemismos amables, como si se hablara de unas vecinas respetables: «las señoras», «las buenas señoras». El griego moderno agrupa a estos seres bajo una palabra elocuente, exotiká, «los de afuera»: criaturas que no pertenecen al mundo ordenado de la casa, la iglesia y la plaza.
La idea es muy antigua. En el Fedro de Platón, Sócrates y su joven amigo se recuestan al mediodía a la sombra de un plátano, junto al río Iliso, entre el canto de las chicharras, en un lugar consagrado a unas ninfas y al Aqueloo. En medio de su discurso, Sócrates bromea con que está a punto de quedar poseído por ellas:
El lugar parece de verdad divino, así que no te sorprendas si, a medida que avanza el discurso, me ves muchas veces tomado por las ninfas.
Platón, Fedro 238c–d (versión nuestra)
La palabra que usa, nymphóleptos, «tomado por las ninfas», describe casi lo mismo que el neraidoparménos de los relatos aldeanos: alguien a quien los seres del agua y del monte le arrebataron algo de sí. En el Ática, en la cueva de Vari, un tal Arquedamo de Tera se presentó en sus inscripciones como nymphóleptos y trabajó la cueva para las ninfas hacia fines del siglo V a. C.
La novia del pañuelo
No todos los relatos hablan de daño. El más difundido es una historia de amor con final triste. Un joven, a menudo un pastor o un músico, logra arrebatarle a una de ellas el pañuelo o el velo mientras bailan. Sin esa prenda, ella no puede volver con sus compañeras y tiene que seguirlo. Se casan, ella le da un hijo, pero no habla. En algunas versiones, años después, recupera el pañuelo por un descuido y desaparece; en otras, el marido, desesperado por oírla, finge que va a arrojar al niño al horno encendido, y ella grita para salvarlo, recobra la voz, toma al hijo y se esfuma para siempre.
Una leyenda de Creta recogida por los folkloristas agrega un detalle que cualquier lector de mitos reconoce. Para retener a la neráida que había tomado por el pelo, el joven tuvo que sujetarla sin soltarla mientras ella se transformaba en una bestia tras otra, en serpiente, en fuego, hasta que cantó el gallo. Es lo mismo que hizo Peleo, en las versiones antiguas, para casarse con Tetis, la más famosa de las nereidas: abrazarla mientras ella cambiaba de forma. Entre el mito antiguo y el cuento aldeano hay más de dos milenios, y la escena sigue ahí.
El mundo de las neráides toca de cerca el de la muerte. Que un joven o una muchacha fueran «llevados» por ellas podía ser una manera de nombrar lo que no tenía explicación: una locura repentina, una enfermedad que consumía, una muerte temprana. En las canciones populares griegas, la muerte tiene nombre propio, Jaros, heredero lejano del barquero Caronte, que llega a caballo para llevarse a los jóvenes; en una balada célebre, el héroe Digenís lucha con él en unas eras de mármol. Las neráides no son Jaros, pero habitan la misma frontera: la de los que se van con los de afuera.
Lo que quedó de ellas
Hoy la palabra sigue viva: decir que una mujer es hermosa como una neráida es un elogio corriente en griego, y muchos lugares —fuentes, cuevas, barrancos— llevan nombres que las recuerdan, como Neraidóvrysi, «la fuente de las nereidas». Buena parte de lo que sabemos se debe a Nikolaos G. Politis, fundador de los estudios de folclore en Grecia, que publicó en 1904 una gran colección de leyendas populares, y a John Cuthbert Lawson, que a comienzos del siglo XX comparó las creencias aldeanas con la religión antigua. Los dos trabajaron con la idea, hoy matizada por los antropólogos, de que el campo griego conservaba restos casi intactos de la Antigüedad. La continuidad existe, como muestran Tetis y Peleo, pero las neráides también pertenecen a un mundo cristiano y moderno, con sus santos y sus señales de la cruz.
Leerlas con respeto es entender qué nombraban: los peligros reales de la soledad, del calor del mediodía, del agua que da la vida y la quita, de los jóvenes que se pierden. Las sirenas cantaban a los navegantes desde una isla; las neráides cantaban a los pastores desde la fuente del pueblo. Sobre las primeras escribimos en Odiseo y las sirenas, y sobre el paso donde las nereidas guiaron a la nave Argo, en Escila y Caribdis.
Fuentes
- Hesíodo, Teogonía 240–264
- Homero, Ilíada 18.35–69
- Platón, Fedro 230b–c; 238c–d
- Nikolaos G. Politis, Paradóseis (Leyendas del pueblo griego) Atenas, 1904
- John Cuthbert Lawson, Modern Greek Folklore and Ancient Greek Religion Cambridge, 1910

