Mortales
Penélope: la mortaja que se deshacía cada noche
Veinte años de espera tejidos con hilos para los muertos

El canto 24 de la Odisea empieza lejos de Ítaca, en el camino de los muertos. Hermes, con su vara de oro, conduce las almas de los pretendientes recién asesinados, y ellas lo siguen chillando como murciélagos. Pasan las corrientes del Océano, la Roca Blanca, las puertas del Sol y el país de los sueños, hasta llegar a la pradera de asfódelos. Allí, el alma de Agamenón le pregunta a uno de ellos, Anfimedonte, cómo es que tantos jóvenes nobles bajaron juntos al Hades. Y Anfimedonte, muerto hace unas horas, cuenta la historia de una tela. El ardid más famoso de Penélope se narra tres veces en el poema, y la última la cuenta un muerto a otros muertos.
Una mortaja para un hombre vivo
La primera versión la da Antínoo, el más arrogante de los pretendientes, en la asamblea del canto 2, para justificar que sigan ocupando el palacio. Penélope, dice, los entretuvo con esperanzas durante tres años. Instaló en sus habitaciones un gran telar y les pidió que esperaran a que terminara un paño: la mortaja de Laertes, el anciano padre de Odiseo, para que ninguna mujer del pueblo pudiera reprocharle que un hombre que tanto había tenido yaciera sin sudario. De día tejía; de noche, a la luz de las antorchas, deshacía lo tejido. Así pasaron tres años, hasta que en el cuarto una de sus criadas reveló el secreto y la sorprendieron destejiendo.
La propia Penélope lo repite ante un mendigo forastero que todavía no sabe que es su marido:
Muchachos, pretendientes míos: ya que murió el divino Odiseo, esperen, por más apuro que tengan con mi boda, a que termine este paño, que no se me pierdan los hilos en vano. Es la mortaja del héroe Laertes, para el día en que lo alcance el destino funesto de la muerte que tiende a los hombres por el suelo.
Homero, Odisea 19.141–147 (versión nuestra)
La elección del objeto no es casual. Penélope no teje un manto de bodas ni una túnica para recibir a Odiseo, sino un paño fúnebre: un objeto que solo tiene sentido cuando alguien muere. Mientras la mortaja siga sin terminar, Laertes no puede morir del todo, Odiseo no está oficialmente muerto y ella no está obligada a casarse. Cada noche, al deshacer la trama, Penélope detiene la muerte en el umbral. Es una forma de resistencia hecha con las herramientas que una señora de la casa tenía a mano: el telar, la noche y una promesa ambigua.
Entre el sueño y la muerte
La Penélope de la Odisea no es una estatua de la paciencia. Llora casi cada noche hasta que Atenea le derrama sueño sobre los párpados, y más de una vez desea morir. Le pide a Ártemis que la mate con una flecha, o que una tormenta la arrebate y la arroje en las bocas del Océano, como hicieron las ráfagas con las hijas de Pandáreo. Su suegra, Anticlea, no resistió la espera: cuando Odiseo baja al Hades, la encuentra entre las sombras y se entera por ella de que murió de añoranza por él. Es también Anticlea quien le da las primeras noticias de su esposa: que sigue en el palacio con el ánimo firme, y que las noches y los días se le consumen en llanto. Odiseo sabe cómo está Penélope gracias a una muerta.
Su relación con los sueños es igual de ambigua. En el canto 19 le cuenta al forastero que soñó con un águila que bajaba del monte y mataba a sus veinte gansos, y que después el águila le hablaba con voz humana para decirle que los gansos eran los pretendientes y ella, su marido. Enseguida agrega que hay dos puertas para los sueños: una de cuerno y otra de marfil. Los que salen por la de marfil engañan; los que atraviesan la de cuerno pulido se cumplen. En griego el juego funciona por el sonido: el marfil, eléphas, se parece a un verbo que significa «engañar», y el cuerno, kéras, a otro que significa «cumplir». Penélope teme que su sueño haya venido por la puerta equivocada. Siglos después, Virgilio pondrá esas dos puertas a la salida del inframundo, y hará salir a Eneas por la de marfil.
La prueba del lecho
Cuando por fin decide poner fin a la espera, Penélope propone la prueba del arco: se casará con el que logre tensar el arco de Odiseo y hacer pasar una flecha a través de doce hachas. Ninguno de los pretendientes puede; el mendigo sí, y la matanza que sigue llena el palacio de cadáveres. Pero cuando la nodriza Euriclea corre a despertarla para darle la noticia, Penélope no le cree. Baja, se sienta frente a ese hombre manchado de sangre y lo mira largo rato en silencio.
La última prueba la pone ella, y es tan astuta como cualquiera de las de Odiseo. Le ordena a Euriclea que saque de la habitación el lecho que Odiseo construyó con sus propias manos y que lo prepare afuera para el huésped. Odiseo estalla: nadie podría mover ese lecho, porque él lo talló sobre el tronco de un olivo que crecía en el patio y levantó la habitación alrededor. Solo ellos dos y una criada conocían ese secreto. Entonces Penélope corre hacia él llorando. Homero la compara con los náufragos que ven la tierra después de nadar por un mar embravecido, una imagen que hasta ese momento parecía reservada a Odiseo. Atenea retiene a la Aurora en el borde del Océano para alargar esa noche.
La escena cumple, sin decirlo, la maldición de Polifemo: Odiseo llegó tarde, solo, en nave ajena, y encontró desgracias en su casa. Penélope fue quien las contuvo hasta su regreso.
Lo que dicen los muertos
Volvamos a la pradera de asfódelos. Cuando Anfimedonte termina su relato, el alma de Agamenón no habla de la matanza, sino de ella. Afortunado hijo de Laertes, exclama, que conseguiste una esposa de tanta virtud: qué buen juicio el de la intachable Penélope, hija de Icario, que nunca olvidó a su marido. La fama de su excelencia no morirá jamás, y los inmortales harán para los hombres un canto hermoso en su honor. El contraste lo pone él mismo: su esposa, Clitemnestra, lo asesinó cuando volvió, y su canto será odioso entre los hombres. La reputación de Penélope queda sellada por un testigo que no tiene nada que ganar: un muerto traicionado.
La Antigüedad, sin embargo, no dejó en paz esa reputación. Heródoto anota que, según los griegos, el dios Pan era hijo de Penélope y de Hermes. Pausanias recogió en Mantinea, en Arcadia, una tradición local según la cual Odiseo la había expulsado por haber recibido a los pretendientes en la casa, y ella había terminado sus días allí; los mantineos mostraban su tumba. La Telegonía, el poema perdido que continuaba la Odisea, la hacía casarse, ya viuda, con Telégono, el hijo que Odiseo había tenido con Circe. Y Ovidio, en las Heroidas, le prestó la voz para escribirle una carta a su marido ausente, llena de reproches y de miedo. Ninguna de estas versiones borró a la Penélope de Homero, pero muestran que su espera no fue la única historia que se contaba sobre ella.
Fuentes
- Homero, Odisea 2.85–110; 19.124–163; 19.535–569; 23.153–246; 24.1–202
- Heródoto, Historias 2.145
- Pausanias, Descripción de Grecia 3.20.10–11; 8.12.5–6
- Ovidio, Heroidas 1
- Proclo, Crestomatía (resumen de la Telegonía)

