Sombras del Hades

Héroes

Odiseo y las sirenas: un canto que venía del lado de los muertos

Flores, huesos y una voz que lo sabía todo

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Pintura brumosa en violetas y grises: Odiseo atado al mástil de su nave mientras las sirenas cantan desde islotes rocosos y los remeros, con los oídos tapados con cera, siguen bogando entre la niebla.

Cuando Odiseo oyó a las sirenas, todavía tenía a los muertos en los ojos. El canto 12 de la Odisea empieza con el regreso de la nave desde los confines del Océano: los compañeros vuelven a la isla de Circe, queman el cuerpo de Elpénor y le levantan un túmulo con su remo clavado en la cima. Circe los recibe con una palabra extraña, disthanées, «dos veces mortales»: hombres que bajaron vivos a la casa de Hades y que tendrán que morir otra vez cuando les llegue la hora, como todos. Enseguida les describe los peligros que vienen. El primero de la lista no es un monstruo con dientes, sino una voz.

Un prado de flores y huesos

Circe no adorna la advertencia. Quien se acerque sin saberlo y escuche a las sirenas no volverá a ver a su mujer ni a sus hijos pequeños festejar su regreso. Ellas lo hechizan con su canto claro, sentadas en un prado, y a su alrededor se amontonan los huesos de hombres que se pudren, con la piel que se les va secando encima. La imagen es doble: flores y carroña, música y descomposición. Homero no dice cómo son las sirenas ni qué cuerpo tienen; para nombrarlas usa el número dual del griego, que indica que son dos. Todo lo demás —las alas, las garras, las colas de pez— lo agregaron otros.

La manera de pasar también la da Circe. Odiseo debe ablandar cera dulce como la miel y tapar con ella los oídos de sus hombres. Si él quiere escuchar, que lo aten de pies y manos, de pie junto al mástil, con las cuerdas sujetas al palo; y si suplica que lo suelten, que lo aten más fuerte. Odiseo cumple al pie de la letra. Ya en el mar, el viento cae de golpe y llega una calma sin brisa, como si un dios adormeciera las olas. Los compañeros recogen la vela y se ponen a los remos. Él corta con el bronce un gran disco de cera, lo amasa hasta que el sol lo entibia y va tapando los oídos uno por uno. Después lo atan.

Lo que prometía el canto

Lo que las sirenas ofrecen sorprende a quien llega con la idea moderna de una seducción carnal. No prometen cuerpos: prometen saber.

Vení, Odiseo tan cantado, gran orgullo de los aqueos: frená la nave y escuchá nuestra voz. Nadie pasó jamás de largo sin oír antes la miel de nuestras bocas, y se va contento y sabiendo más. Porque sabemos todo lo que sufrieron argivos y troyanos en la ancha Troya, y todo lo que ocurre sobre la tierra fecunda.

Homero, Odisea 12.184–191 (versión nuestra)

Es un canto épico ofrecido al héroe de la épica: la guerra de Troya contada otra vez, con él adentro. Y llega en el peor momento. Odiseo acaba de hablar en el Hades con Agamenón, asesinado al volver a su casa; con Aquiles, que le confesó que preferiría ser jornalero de un pobre antes que rey de los muertos; con Áyax, que no quiso dirigirle la palabra. Acaba de ver el pasado convertido en sombras que tienen que beber sangre para poder hablar. Las sirenas le proponen lo mismo, pero sin salida: quedarse para siempre escuchando la gloria de los que ya no están. El montón de huesos es lo que queda de los que aceptaron.

Leído desde esta penumbra, el prado florido de las sirenas se parece demasiado a la pradera de asfódelos donde vagan las almas, que describimos en nuestro Mapa del Inframundo. Los dos son lugares de memoria sin futuro. La diferencia es que en el Hades los muertos saben que están muertos; en la isla de las sirenas, el oyente se pudre sin darse cuenta, todavía embelesado.

Odiseo escucha, y el canto funciona. Con las cejas les hace señas a sus hombres para que lo suelten; Perimedes y Euríloco se levantan y le agregan más cuerdas. Los remeros, sordos, siguen bogando hasta que la voz se pierde. Recién entonces se sacan la cera de los oídos y lo desatan.

Compañeras de Perséfone

Los autores posteriores les dieron a las sirenas una historia que Homero calla, y esa historia baja directamente al inframundo. Apolonio de Rodas, en las Argonáuticas, las hace hijas del río Aqueloo y de la musa Terpsícore, y cuenta que en otro tiempo acompañaban a Perséfone, la hija de Deméter, cuando todavía era doncella, y cantaban con ella. Ahora son mitad pájaro y mitad muchacha, y acechan desde una isla llamada Antemoesa, «la florida». Cuando pasa la nave Argo, Orfeo tensa su lira y toca una melodía rápida que tapa el canto; aun así, Butes se arroja al agua, y solo lo salva Afrodita, que lo deposita en el cabo Lilibeo, en Sicilia.

Ovidio, en las Metamorfosis, explica de dónde salieron las alas: las hijas del Aqueloo recogían flores con Proserpina —así llama a Perséfone— cuando el dios de los muertos se la llevó; la buscaron en vano por todas las tierras y pidieron alas para seguir buscándola sobre el mar. Los dioses se las concedieron, pero les dejaron el rostro y la voz humanos para que el canto no se perdiera. Eurípides va todavía más lejos: en la Helena, la protagonista invoca a las sirenas como doncellas aladas, hijas de la Tierra, y les pide que acompañen su lamento para que llegue a Perséfone, en sus salas de la noche.

Esa asociación tuvo una forma visible. En las tumbas atenienses del siglo IV a. C. aparecen sirenas esculpidas que se golpean el pecho, se tiran del pelo o tocan la lira junto al muerto: cantoras de duelo, no seductoras. Y Platón, en el mito de Er que cierra la República, coloca una sirena sobre cada uno de los círculos del huso de la Necesidad; cada una emite una sola nota, y juntas forman una armonía que las almas oyen entre una vida y la siguiente. La voz que en Homero mata, en Platón ordena el cosmos de los muertos.

Atado para poder volver

¿Por qué este episodio sigue funcionando? Porque Odiseo no elige entre escuchar y salvarse: encuentra la manera de hacer las dos cosas, y lo paga con la inmovilidad. Es el único que oye el canto completo y sobrevive, y lo logra porque antes, cuando todavía tenía la cabeza fría, se ató a sí mismo y ordenó que no lo obedecieran después. Los compañeros, en cambio, cruzan sanos pero sin haber oído nada. Hay una lección incómoda en ese reparto: el saber que viene del lado de los muertos se puede escuchar, pero no se puede seguir.

La palabra griega para el regreso, nóstos, está en el centro de la Odisea, y las sirenas son su enemigo más sutil. No le cierran el camino a Odiseo: le ofrecen un motivo para no querer volver. El pasado cantado, perfecto, más hermoso que cualquier presente. Por eso el episodio está tan cerca del descenso al Hades: los dos ponen a prueba si el héroe puede mirar a los muertos sin quedarse con ellos.

Apenas la voz se apaga, la nave entra en otro peligro, más brutal: el paso entre una roca con seis cabezas y un remolino que se traga el mar. Lo contamos en Escila y Caribdis. Y si querés saber cómo Circe, la que le enseñó a Odiseo a atarse al mástil, se convirtió en su guía hacia los muertos, seguí por nuestro relato sobre Circe.

Fuentes

  1. Homero, Odisea 12.1–200
  2. Apolonio de Rodas, Argonáuticas 4.891–921
  3. Ovidio, Metamorfosis 5.551–563
  4. Eurípides, Helena párodo
  5. Platón, República 10.617b

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