Sombras del Hades

Monstruos

Polifemo: la cueva donde Odiseo tuvo que llamarse Nadie

Un ojo, un rebaño y una maldición que llegó hasta el Hades

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Pintura sombría en violetas y grises: el cíclope Polifemo, con su único ojo, sentado en una cueva oscura entre sus ovejas, mientras Odiseo y sus hombres se esconden en el fondo, apenas iluminados por un fuego débil.

Lo primero que encuentran Odiseo y doce de sus hombres al entrar en la cueva no es al cíclope, sino su despensa. Zarzos cargados de quesos, corrales repletos de corderos y cabritos separados por edades, baldes y cuencos rebosantes de suero. Los compañeros le ruegan a Odiseo que tomen algunos quesos, suelten los animales y vuelvan corriendo a la nave. Él se niega: quiere ver al dueño de casa y recibir los regalos que se le deben a un huésped. Esa curiosidad, admite el propio Odiseo en el canto 9 de la Odisea, fue el error. Al caer la tarde llega Polifemo con su rebaño, suelta un haz de leña seca con un estruendo que los hace esconderse en el fondo y cierra la entrada con una piedra que no habrían movido veintidós carros de cuatro ruedas. La cueva se convierte en tumba.

Una tierra sin leyes

Odiseo describe a los cíclopes como un pueblo soberbio y sin ley, que confía en los dioses: no plantan ni aran, porque la tierra les da trigo, cebada y vides sin trabajo; no tienen asambleas ni normas comunes, y cada uno gobierna a sus hijos y a sus mujeres en cuevas huecas en lo alto de los montes, sin ocuparse de los demás. Frente a su costa hay una isla llena de cabras salvajes que nadie aprovecha, porque los cíclopes no saben construir naves. Para un griego, ese retrato era casi una definición de lo inhumano: sin agricultura, sin navegación, sin consejo.

Polifemo vive aparte incluso de los suyos. Odiseo lo compara con una cumbre boscosa que se alza sola entre los montes, más que con un hombre que come pan. Homero nunca explica que tenga un solo ojo; lo da por sabido y lo deja ver en el momento de la ceguera. No hay que confundirlo con los cíclopes de la Teogonía de Hesíodo, hijos de Urano y de Gea que forjan el rayo de Zeus: comparten con él el nombre y el ojo único, no el oficio.

Nadie, o cómo salir de la boca de la tierra

Cuando Odiseo invoca a Zeus protector de los huéspedes, el cíclope le responde que a los suyos no les importan Zeus ni los dioses felices, porque son mucho más fuertes. Agarra a dos hombres, los estrella contra el suelo como si fueran cachorros y se los come como un león de montaña, con entrañas, carne y huesos. Odiseo piensa en clavarle la espada en el hígado, pero se detiene: si el gigante muere, nadie podrá apartar la piedra de la entrada.

El plan llega de a poco. En el corral hay un enorme tronco verde de olivo, largo como el mástil de una nave de carga; Odiseo corta un tramo de una braza, lo afila, lo endurece en el fuego y lo esconde bajo el estiércol. Después le ofrece al cíclope el vino que trae en un odre: el que le regaló Marón, sacerdote de Apolo en Ísmaro, tan fuerte que se mezclaba con veinte medidas de agua. Polifemo bebe tres veces y pregunta el nombre de su huésped. «Me llamo Nadie», contesta Odiseo; en griego, Oûtis. El regalo que recibe a cambio es una broma macabra: a Nadie se lo comerá último.

La ceguera está contada con comparaciones de taller. La estaca gira en el ojo como el taladro con que un carpintero perfora la viga de un barco; el ojo chirría como el hierro candente que el herrero hunde en agua fría. Los otros cíclopes acuden a los gritos y preguntan si acaso alguien lo está matando. «Nadie me mata con engaño», responde él. Si nadie —mḗ tis— le hace daño, concluyen los vecinos, será una enfermedad enviada por Zeus, y se van. Odiseo se ríe por dentro: mḗ tis suena casi igual que mêtis, la astucia que lo define.

Para salir, ata a sus hombres bajo el vientre de los carneros, de a tres, y él mismo se aferra a la lana del más grande. Polifemo, ciego, palpa los lomos de sus animales en la puerta, y al último, el carnero que siempre iba primero, le habla con una ternura inesperada: le pregunta si se demora porque llora el ojo de su amo. Leída desde la penumbra, la escena tiene algo de salida del Hades: una cueva sin luz cerrada por una piedra, un guardián que deja entrar pero no salir, como el perro que Hesíodo pone en la puerta de Hades, y hombres que solo escapan si renuncian a su nombre y pasan como bultos anónimos. En el inframundo homérico, las almas son «cabezas sin fuerza», sombras mudas hasta que beben sangre. Odiseo sobrevive a la cueva convertido, literalmente, en nadie.

La maldición que bajó al Hades

Podría haberse ido en silencio. Pero ya en la nave, a la distancia de un grito, se burla del cíclope; Polifemo arranca la cima de un monte y la arroja, y la ola casi devuelve la nave a la costa. Él vuelve a gritar, y esta vez dice todo: que quien lo cegó fue Odiseo, saqueador de ciudades, hijo de Laertes, que tiene su casa en Ítaca. Polifemo recuerda entonces una antigua profecía del adivino Télemo, según la cual un tal Odiseo le quitaría la vista. Esperaba a un hombre enorme, no a un hombrecito outidanós, «de nada», que lo dominó con vino. Y reza a su padre:

Escuchame, Poseidón, vos que ceñís la tierra, dios de oscura melena: si de veras soy tu hijo y te decís mi padre, hacé que Odiseo no vuelva nunca a su casa. Y si su destino es volver a ver a los suyos, que llegue tarde y mal, habiendo perdido a todos sus compañeros, en nave ajena, y que encuentre desgracias en su casa.

Homero, Odisea 9.528–535 (versión nuestra)

Poseidón lo escucha, y cada cláusula se cumple. Odiseo llega a Ítaca diez años después de la caída de Troya, solo, dormido en una nave de los feacios, y encuentra su palacio invadido por los pretendientes que acosan a Penélope. La conexión con el mundo de los muertos es explícita: cuando Odiseo baja al Hades, entre las primeras cosas que le dice el alma del adivino Tiresias está que el dios que sacude la tierra le guarda rencor por haberle cegado al hijo. La maldición del cíclope viaja hasta la región de las sombras y vuelve convertida en profecía.

Del monstruo al enamorado

Polifemo tuvo después una segunda vida, menos sombría. Eurípides lo puso en escena en el Cíclope, el único drama satírico que se conserva completo: el gigante vive en Sicilia, al pie del Etna, y tiene como esclavos a Sileno y a un coro de sátiros, que terminan ayudando a Odiseo. El tono es de farsa, pero el banquete caníbal sigue ahí. Teócrito, en el Idilio 11, lo imagina joven y enamorado de Galatea, una de las nereidas que sobrevivieron siglos después en el folclore griego, cantándole desde una roca para curarse de un amor sin remedio. Ovidio, en las Metamorfosis, deja que Galatea cuente el final: celoso de Acis, el cíclope lo aplastó con un trozo de montaña, y el muchacho se convirtió en río.

Virgilio, en cambio, lo devuelve a la oscuridad: en el libro 3 de la Eneida, los troyanos ven en Sicilia al pastor ciego bajar hacia el mar, apoyado en un pino como bastón, para lavarse la cuenca vacía.

Lo que hace perdurar a Polifemo no es solo el monstruo, sino el precio de la victoria. Odiseo gana con la astucia y pierde por el orgullo: el nombre que escondió para sobrevivir es el mismo que gritó para ser recordado. Entre ser nadie y ser famoso, Odiseo eligió la fama, y la pagó con años de naufragios.

Fuentes

  1. Homero, Odisea 1.68–75; 9.105–566; 11.100–103
  2. Hesíodo, Teogonía 139–146
  3. Eurípides, Cíclope
  4. Teócrito, Idilios 11
  5. Ovidio, Metamorfosis libro 13
  6. Virgilio, Eneida libro 3

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